Sunday, February 18, 2007

Ella

Era ella en mi puerta. Plácida, recargada en el umbral, sonriendo venenosa y radiante. Con su cuerpo sin falla, hecho de rabia de miles. Me miró una vez más y entró sin invitación, como siempre.
Pasó junto a mí y se instaló en un sofá, tratando de seducirme como si fuera la primera vez. Siempre lo hacía: recorría su cabello con sus dedos finos mientras su vestido ceñido, rojo, insinuaba los pecados de todos aquellos que caíamos en ella. Era hermosa, seguía siéndolo.
Yo me quedé de pie junto a la puerta, con la mirada clavada en ella. No pude evitar desearla enfermizamente. Perra. Eso era. Porque era de muchos al mismo tiempo y aún así creíamos privadamente que eramos los únicos que sufríamos su amor tajante. Me senté al otro lado de la mesa de centro. Ni siquiera traté de disimular que no entendía por qué estaba allí, de nuevo, apoderándose de mis espacios a su antojo. Desde sus manos blancas despedía lazos aromáticos que apestaban la habitación, que tocaban lascivamente los libros en los estantes, las patas de los muebles y las cortinas.
Estaba bebiendo la taza de café que había dejado en la mesa. Dejó la marca carmesí de sus labios -inmensamente deseables- en el borde de la taza. Todo en ella era asquerosamente perfecto. La forma en que su cabello rubio enmarcaba su rostro, sus rasgos suaves dignos de diosas, cómo las líneas de su cuello desaparecían en sus hombros, sus senos altivos llenando su corpiño y unas piernas largas y firmes terminando la ilusión de su cuerpo.
De repente me sentí enfermo. Náuseas. ¿Cómo podía sentirme tan atraído? Ni una palabra había sido pronunciada y yo ya quería hacerla mía de nuevo, como un vicio, como lo inevitable, como la muerte sentenciada desde el primer minuto de vida.
Su aliento llegó a mí trayendo solo dos palabras, las que solía pronunciar antes de robarme todo lo que acumulaba en su ausencia.
-Estás listo?
No pude responderle. Lo único que hice fue respirar profundo y prepararme para sentirla recorriendome. Se acercó a mí, con pasos eternos que se estiraron indelebles de nuevo en mi memoria.
Había sido ella en mi puerta. Era ella escabuyéndose en mi interior. La maldita impotencia.

Wednesday, February 14, 2007

Episodio corto

El murmullo de la gente se levantaba en el pequeño café. Las bebidas se sentaban cómodas en sus botellas. Ella apartaba el cabello de sus ojos con su característico movimiento de cabeza, breve y certero, para escudriñar sin vergüenza ni culpa un rostro que no reconocía. Estaba fijo a un cuerpo al otro lado de la mesa. Era de piel con experiencia y confusiones pasadas. La joven intentaba determinar si esos rasgos eran los que recordaba desde niña, si ese hombre era quien le compraba bolsas de dulces y de chocolates, solo para ella. Si era él quien le prestaba su habitación en las mañanas.
El viento languidecía en la puerta del café y le lamía la cara. Se preguntó por qué no pudo heredar esos ojos verdes que rebotaban desde los suyos a otros lugares cercanos. Le hubiese gustado mirar la vida desde el verde claro. Y la duda regresaba a su cabeza; es él, o ya no lo es. O nunca lo fue. O ella no había podido conservar una identidad fija...tal vez se le había escurrido de entre los dedos y había dejado un rastro inmundo tras de ella, atravesando como una acusación de olvido los años.
La conversación ligera era insoportable, de salud y gracias a Dios no se habla con un padre. Ni de sonrisas, ni de domingos ni de amores. -Veta los temas, no los desperdicies aquí con este señor que algo tiene conocido-, dialogó en su cabeza. ¿Para qué me sirve?. Todo es utilidad en esto. Mide las palabras, revuélcalas y quítales todo lo tuyo.
La decencia exprimió su última entraña y dio cabida a la partida. Ya era hora de dejar a la gente y al hombre que extrañamente se refería a ella con cariño. Salieron, cruzaron un par de calles y la realidad estaba por saludarla. Vistió su boca con una mueca de sonrisa y le dijo adiós. Un adiós fresco y reconfortante. De liberación, con una promesa tácita de repetirlo luego, en otro café con el mismo sujeto. Él se dirigió a ella con términos que le hacían cierto eco en la memoria. Le dio un abrazo de compensación. Tan efímero como la buena voluntad de la reunión.
Se subió a un auto y se alejó. Ella vio su espalda a través de la ventana. Pensó en que quizá era esta la última vez que lo vería. O la primera. Nunca se sabe con un desconocido.

 
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