Tuesday, October 07, 2008

Right now

I wonder what you will believe.
«You know I'd never hurt that way», even though you look so pretty in your pain.

Thursday, October 02, 2008

Volver

Volver es siempre extraño. Sin arrepentimiento es aún más inusual. Abandoné las letras para encontrar las ideas completas, las razones de las palabras, las piernas del alma que se condenó a arrastrarse. Lo hice.

Volver es cuestión de ser valiente o de haber sucumbido a los pesos colgantes.

Volver es halar las costuras ya secas de las cicatrices de siempre. En este momento, es ver que ya no son más que marcas. No hay abertura. No más hilos que remendar. Serenidad

Volver es tratar de reconectarse con los impulsos pasados y esperar a veces sin sentido que regresen.

Tuesday, October 30, 2007

Desahogo

Y si, será siempre esta la reacción primera.
Son ganas tan genuinas de llorar que no hay sentido en tratar de contenerlas. No se es parte del pasado, no se puede decir que se es la primera, no hay manera de borrar por completo el pensarlo.
Es ella alguien tan interno que me pregunto qué hace afuera. En otro lugar te hubiese querido tanto. Tal vez eres esa clase de cosa que duerme en los demás dolores y no sabré aquí si de alguna manera te siento perdida sin tener razón para que estuvieras presente. Pero sé que solo pasas... pero igual, las estaciones que se pisan solo una vez por un tramo del viaje pueden fijarse en la memoria por no poder cimentarse en la vida. O tal vez estoy simplemente delirando.

Thursday, June 28, 2007

«Cold in the ground like you»

Como tú. Entero y etéreo.
Vacío, sin falsas transparencias. Sin ficción, sin pretensiones.
¿Hay algo para mi? Una estancia prolongada en la inmensidad imposible del silencio que te ahoga la boca.
Atraviésame con la lentitud de tus parpadeos ahora que puedo perderlos. «There's room inside for two»

Sunday, June 17, 2007

Escrito para quienes han sentido distancia.

Quizá alguna vez nos sentemos a conversar. Pienso en esto caminando por la calle, bajo una nube inmensa acostada en las azoteas. El mundo amenaza con destruir todo con una tormenta, electricidad contenida, prisionera de hilos de agua. Muchos esperamos, otros se desesperan. Quizá alguna vez volveré a derrumbarme porque sus ojos me miran y me retuercen el alma. Porque ante el sol juegan a ser de colores marinos y en el azul de media noche, a una nariz de distancia, son pardos, son de miel, son de tierra viva y se cierran como antes para soñarme.
Quizá alguna vez me muera afuera y me congele entre la hierba. Agonizando veré por fin la disolución del tiempo y me reiré de mí por pensar que eso haría alguna diferencia.
Quizá alguna vez piense en mi ausencia y le duela, y detenga la normalidad para limpiarla de lo que no le dejé.

Friday, May 25, 2007

En dos minutos

Si estás roto, todo está bien hasta que te sientas en un piano a llorar. Haces música con el dolor extendido, melodías perfectas y mortales de cansancio. Tu cuerpo se sacude con los sollozos, tu voz se desgarra con reproches – maldita sea, por qué y no más -, tus manos tiemblan y se deshacen, no más fuerza ni paredes. Levantas la mirada y en el espejo te embisten tus propios ojos, llenos del alma azul de las lágrimas internas, de las huellas de todo lo que se terminó.

Le das la espalda a ese rostro y a los dientes del piano, te dejas caer al suelo y te recibe con ternura. Un abrazo silencioso sucede y añoras lo que has perdido; te rompes de nuevo y tu boca se llena de sangre dulce hecha de sueños desvanecidos. Te arrastras para alejarte de la pena pero tiene sus fauces clavadas en tus tobillos. La bestia roe tus huesos y saborea lo amargo y suave que te pone la tristeza. No te pones de pie, ni intentas más. Cierras los ojos para desaparecer y el miedo termina de mordisquearte los dedos.

Thursday, March 01, 2007

Good enough

Uñas pintadas concluyendo los dedos, apoyados e inertes en el vidrio. Maquilladas. Una mano helada contra la ventada, acariciando las gotas que la lluvia dejó afuera. Agua gris y uñas rojas, contaminando una mano blanca.
Un rostro se dibujaba detrás del cristal. El gato del tejado de al frente parecía observar la figura que lo acechaba desde el otro lado de la calle. Unos ojos acabados, ahogados, acariciaban con el cariño de siempre al felino rubio sobre las tejas, sacudiendo de sus patitas el agua que se enredaba mientras caminaba.
Una sonrisa moribunda desde que apareció estiró los labios secos. Y se desvaneció.
La tormenta dejaba tras de sí nubes huérfanas que se negaban a morir, que negaban su verdad: eran solo rastrojos de una tempestad, eran trozos de fracaso. Había sido un buen escenario para otro episodio de una enfermedad emocional, de una decepción propia. Se retiró de la ventana, de la presencia del gato, de la despedida de la lluvia. Le dio la espalda, se desbarató y cayó al piso. La madera tenía un eco del calor pasado, una tibieza lastimera entre las tablas. Un abrazo sincero del ayer, eso era. Y todo pareció enorme, la cama destendida, los muebles sostenidos en la quietud, la puerta cerrada. Y miserable. Ropa en el piso, perfume sobre el tocador y libros a medio prostituir abiertos sobre la mesa de noche.
Y qué maldita vida era esa. Reducida a un cuerpo frágil pero aún sinuoso bajo una camiseta demasiado grande. Para qué la ropa interior, nadie la vería quitársela de todos modos. Para qué pensar en colores, en cortes pervertidos y encajes. Para qué, al fin, levantarse del suelo si no había más que un gato mojado afuera. Soltó entonces una risita de burla sincera. Dios, que patética soy. Se acomodó y miro el techo. Si alguien entrara en este momento -pensó- estoy segura que me vería ridícula. Qué más da, lo soy. Y soy un fraude. Como si no lo supiera. Se le insinuó un rato más a las almas del aire que querían rasguñarla y luego de hastiarse de su dulzura -porque le susurraban muertes fantásticas-, se puso de pie.
Las nubes regresaron para jugar de nuevo, cargadas sus bocas de saliva. Comenzaron lentamente, rítmicamente, a escupir sobre la ciudad. Estaba en el sueño, la cama más comoda de la inconsciencia. Abrió los ojos, parpadeó y la embistió como cada mañana la realidad. Qué asco. Y sucedió el agradable letargo que se abraza a las caderas cuando es hora de abandonar el descanso. Se escondió de la solitud de la habitación, bajo su misma piel. En el vientre, entre entrañas y desprecio aromatizado con belleza nacía una sensación de vértigo innevitable e incurable. Bajarse de la cama era lanzarse a un vacío. Aventurarse a dejar escalones atrás hasta pisar la calle era aspirar a un suicidio interminable, de fuentes eternas de sangre tibia y cicatrices veloces que nunca dejaban a la última gota escapar para seducir a la vida para salir de las muñecas. El torrente interminable de sus venas apretaba su cuerpo desde adentro, para excederse de los límites. Algún día. Lo sé.
Domó su estado y logró levantarse. Desnudarse para bañarse y vestirse de nuevo: otro proceso insulso desde una mirada desgastada. Una vez limpia de lo que era posible purificar se miró al espejo. Tortura cotidiana. La falsedad de tantos, si no de todos. Comerse la condescendencia de la imagen reflejada, de la réplica que está segura al otro lado del cristal. Ambas somos bonitas, solo que ella conserva la perfección de lo que no tiene que ensuciarse con la vida. La perfección de la no realidad que convive con todo en las cosas imperceptibles... las corrientes de viento intocables que se pasean a mínima distancia del suelo, las palabras nunca dichas que por más que hayan sido manoseadas por la obscenidad curiosa del habla siempre resultan placenteras y como te deben mirar los insectos cuando están a tu lado y no te has percatado. Luego los matas. Tengo una buena fachada para mi casa en ruinas. Ojos penetrantes de matices marinos enmarcados con piel clara, que invita al tacto a recordar su función primera. Un rostro que recibe cachetadas cuando lo único que evoca en bocas ajenas es elogios idiotas. Hermosa. Me han llamado así. Y sólo en este momento, antes de cubrirme de porquería, lo siento al verla a ella violándome desde su prisión cristalina.
Tacones resonaron en la calle temprana.

Sunday, February 18, 2007

Ella

Era ella en mi puerta. Plácida, recargada en el umbral, sonriendo venenosa y radiante. Con su cuerpo sin falla, hecho de rabia de miles. Me miró una vez más y entró sin invitación, como siempre.
Pasó junto a mí y se instaló en un sofá, tratando de seducirme como si fuera la primera vez. Siempre lo hacía: recorría su cabello con sus dedos finos mientras su vestido ceñido, rojo, insinuaba los pecados de todos aquellos que caíamos en ella. Era hermosa, seguía siéndolo.
Yo me quedé de pie junto a la puerta, con la mirada clavada en ella. No pude evitar desearla enfermizamente. Perra. Eso era. Porque era de muchos al mismo tiempo y aún así creíamos privadamente que eramos los únicos que sufríamos su amor tajante. Me senté al otro lado de la mesa de centro. Ni siquiera traté de disimular que no entendía por qué estaba allí, de nuevo, apoderándose de mis espacios a su antojo. Desde sus manos blancas despedía lazos aromáticos que apestaban la habitación, que tocaban lascivamente los libros en los estantes, las patas de los muebles y las cortinas.
Estaba bebiendo la taza de café que había dejado en la mesa. Dejó la marca carmesí de sus labios -inmensamente deseables- en el borde de la taza. Todo en ella era asquerosamente perfecto. La forma en que su cabello rubio enmarcaba su rostro, sus rasgos suaves dignos de diosas, cómo las líneas de su cuello desaparecían en sus hombros, sus senos altivos llenando su corpiño y unas piernas largas y firmes terminando la ilusión de su cuerpo.
De repente me sentí enfermo. Náuseas. ¿Cómo podía sentirme tan atraído? Ni una palabra había sido pronunciada y yo ya quería hacerla mía de nuevo, como un vicio, como lo inevitable, como la muerte sentenciada desde el primer minuto de vida.
Su aliento llegó a mí trayendo solo dos palabras, las que solía pronunciar antes de robarme todo lo que acumulaba en su ausencia.
-Estás listo?
No pude responderle. Lo único que hice fue respirar profundo y prepararme para sentirla recorriendome. Se acercó a mí, con pasos eternos que se estiraron indelebles de nuevo en mi memoria.
Había sido ella en mi puerta. Era ella escabuyéndose en mi interior. La maldita impotencia.

Wednesday, February 14, 2007

Episodio corto

El murmullo de la gente se levantaba en el pequeño café. Las bebidas se sentaban cómodas en sus botellas. Ella apartaba el cabello de sus ojos con su característico movimiento de cabeza, breve y certero, para escudriñar sin vergüenza ni culpa un rostro que no reconocía. Estaba fijo a un cuerpo al otro lado de la mesa. Era de piel con experiencia y confusiones pasadas. La joven intentaba determinar si esos rasgos eran los que recordaba desde niña, si ese hombre era quien le compraba bolsas de dulces y de chocolates, solo para ella. Si era él quien le prestaba su habitación en las mañanas.
El viento languidecía en la puerta del café y le lamía la cara. Se preguntó por qué no pudo heredar esos ojos verdes que rebotaban desde los suyos a otros lugares cercanos. Le hubiese gustado mirar la vida desde el verde claro. Y la duda regresaba a su cabeza; es él, o ya no lo es. O nunca lo fue. O ella no había podido conservar una identidad fija...tal vez se le había escurrido de entre los dedos y había dejado un rastro inmundo tras de ella, atravesando como una acusación de olvido los años.
La conversación ligera era insoportable, de salud y gracias a Dios no se habla con un padre. Ni de sonrisas, ni de domingos ni de amores. -Veta los temas, no los desperdicies aquí con este señor que algo tiene conocido-, dialogó en su cabeza. ¿Para qué me sirve?. Todo es utilidad en esto. Mide las palabras, revuélcalas y quítales todo lo tuyo.
La decencia exprimió su última entraña y dio cabida a la partida. Ya era hora de dejar a la gente y al hombre que extrañamente se refería a ella con cariño. Salieron, cruzaron un par de calles y la realidad estaba por saludarla. Vistió su boca con una mueca de sonrisa y le dijo adiós. Un adiós fresco y reconfortante. De liberación, con una promesa tácita de repetirlo luego, en otro café con el mismo sujeto. Él se dirigió a ella con términos que le hacían cierto eco en la memoria. Le dio un abrazo de compensación. Tan efímero como la buena voluntad de la reunión.
Se subió a un auto y se alejó. Ella vio su espalda a través de la ventana. Pensó en que quizá era esta la última vez que lo vería. O la primera. Nunca se sabe con un desconocido.

Sunday, January 21, 2007

Certeza

No eres nadie. No sabes jugar ni cocinar. No tienes nada que sobresalga. Te ves normal, tu cabello es normal y tus ojos no parecen extranjeros. No entiendes la pasión por el deporte ni la dedicación que demanda. No quieres viajar ni conocer el mundo. No comprendes la fascinación con la adrenalina ni la entrega a la disciplina. No te ubicas, no sabes que hacer luego de lo obvio; te quedas demasiado callada y pasas desapercibida.
Nadie. Ni la más vieja, ni la más bonita, ni la más sociable, ni la más encerrada. No eres arriesgada ni segura. No eres suicida, porque no tienes el desapego y la reflexión completa, y no te gusta vivir simplemente porque aprendiste q ser así. No eres inteligente ni fracasada. No cantas bien, ni tocas un instrumento, ni pintas, ni dibujas ni esculpes. No tienes mirada para la fotografía y tu pensamiento visual es nulo.
Nada sabes hacer. Solo pasas el tiempo tratando de decir algo decente y no lo logras. Tecleando y rayando. Cerrando los ojos pensando en qué tan conveniente sería desaparecer.

Thursday, January 18, 2007

Sangre

Sangre. Un corazón en su mano. Un pecho vacío, vaciado. Y luego, la alegoría a la herida y el tratamiento de la carne abierta. Tenía que cerrarla para no contaminar el delicado hogar de los latidos extraídos. Le tomo días enteros, marcados por las puntadas lentas y temblorosas. Como le dolía suturar y aguantar simultáneamente el peso de la ausencia. Luego se tocaba con cuidado la abertura para comprobar la pulcritud del cierre que debía conservar el interior puro, sin deformarse, para que cuando fuese abierto para reinstalar el objeto palpitante este hiciera la melodía minuciosamente compuesta para el asesino. El tacto temeroso de mujer acariciaba la marca, demandante sobre el pecho. Y ella esperaba por la sangre y el sujeto que con su encanto sostenido en la eternidad le extirpo el corazón.

Monday, December 18, 2006

Sanar

Introducir la aguja, sentir su final punzante atravesar y entrar con su frialdad cortante. Luego conducir con ella la fibra seca y rugosa, una y otra vez, cruzando la abertura que es puerta abierta a la fragilidad inmensa.
Y luego la peor parte: halar. Halar las costuras, sin importar cuanto lastime, para negarse al exterior.
Entonces, dos últimas puntadas de cierre.
Lo más complicado no es encarar el dolor...es reunir la valentía para suturar la herida.

Monday, December 11, 2006

Premonición

El viento tibio le palpitaba en la cara. El pulso de la naturaleza. El calor de la mañana tardía se estiraba hasta perderse con las nubes cercanas al sol. Trataba de traer a su boca el sabor de la lluvia de madrugada. Era testigo del final de una día enfermo: los últimos lenguetazos del sol languidecían plácidos a través de los lugares débiles de las nubes y lamían tranquilos - la calma del que presiente lo inevitable - la cara de agua del lago. Estaba sentanda en el borde del pequeño muelle, sintiendo como el agua le hacía cosquillas en la planta de los pies con gotitas salpicadas. Balanceaba sus piernas como si quisiera bailar sobre las aguas y se comía con los ojos brillantes la agonía hermosa del paisaje. Tenía las manos apoyadas en las tablas del muelle, a los lados y atrás de sí. Su cabello acariciaba su rostro con los latidos del viento y el vestido ligero golpeaba rítmicamente sus muslos y su pecho. Le abrazaba la piel clara.

Disfrutaba de la vista. Del perfume de los árboles y las profundidades acuáticas. De la privacidad en el pequeño muelle. De su soledad, porque estaba sola. No tenía nada. Ni sueños, ni ganas. Solo un vestido, la espera y la resignación. Era como el día que terminaba con ella: radiante y temblorosa. Aún así sonreía. Una sonrisa sincera y plena que le colmaba los labios y la mirada. Ojos sonrientes, aunque rotos. Húmedos y complacientes. Sonreía porque todo terminaría. Las cosas declinan. Ese paisaje cambiaría con la fecha. Ella recobraría su rincón predilecto en el bosque que no dejaba de llorar. Volvería al aroma embriagante de la lluvia y su castigo inundando los pies de los árboles. Recuperaría su espacio y todo lo que no tenía por la soledad en aquel muelle, porque tendría en su mundo de resplandor oscuro a quien amaba. Sin viento palpitante, sin despedidas solares o jueguitos con aguas inmutables. Con la perfección del silencio, la suavidad del suelo forestal y la felicidad genuina contenida en el cuerpo de él.

Monday, December 04, 2006

Vulnerabilidad líquida

Las malditas sales se empujan entre sí para salir, con mal habida sed de libertad, como toda criatura. En un torrente frustrado se calientan y entibian la frialdad latente de las mejillas. Se resbalan. Se reducen en el camino, antes de que la vergüenza con una mano las aplaste y las arrastre. Rara vez llegan a espacios más bajos que la quijada.
No basta con correr, necesitan para darse gloria un dolor desde adentro, que penetre hasta explotar bajo la piel y como reacción expulse más sales.
Dañan los colores de las imágenes, disturban las siluetas que tantos se molestaron en crear. Despiden a la serenidad en mis puertas y le piden que no regrese hasta que ellas se hayan marchado. La estoy esperando.
Limitan el nacimiento de palabras entonadas por la voz, son causa llena de fortaleza para que los dedos se arruinen un poco más escribiendo las penas y tratando de hacer sentido.
Colman los ojos de suciedad, ennegreciendo su color. Manchan la piel, desilusionando al gusto porque le ha quitado la dulzura al rostro. Ya no sabe tan bien como antes, o tal vez solo cambia la percepción, como toda cosa circunstancial.
Contaminan las manos y la ropa cuando sufren y sucumben en sus pliegues, vencidas y rotas.
Pero como todo, se terminan, aunque sea solamente por un poco de tiempo. Se secan, se cristalizan y se pueden soplar lejos. Vulnerabilidad líquida.

Saturday, December 02, 2006

Rota

No sé donde está. Ella se fue ese día y no regresó. En la marea de sombras, de manchas oscuras parpadeando se fue. Yo la había creado para que me escuchara, para que se sentara junto a mí y se sofocara conmigo en el humo remanente de las cenizas de todo intento fallido.
Ella se fue ese día, el día en que le confesé al alguien que existía. El día en que la delaté la expuse a una luz oscura como la que creo tener, y aunque pensé sobreviviría, terminó desvaneciéndose como las mujeres de la leyenda que ilustraba hermosas concubinas blancas, de ojos claros y fieros. Esa noche, al final redentor de ese día, quise tanto hechizar a las sales para que se fueran de mí, para que se fugaran y ensuciaran mis mejillas. Esa noche, teñida de pies a cabeza por el azul lejano, conversé con ella y con cada palabra escupida la perdí.
Se fue y pretendí que su mirada antes de darme la espalda no era de despedida. No quise creerlo, aunque esas réplicas de mis ojos me gritaban rasguñando la ira y la decepción…me atravesaban lenta e invisiblemente, me decían que quien los llevaba no volvería.
Esa última mirada se quedó detrás de mis párpados. Recuerdo su color, el tono de su queja y como se veía la mentira en sus pupilas. Se dio la vuelta y su cabello se movió con ella. Sus pasos se fueron. Eternos. El caminar eterno de quien nunca podré recuperar.
Sin embargo no me entristezco. Y eso es sorpresivo. Pensé que hundiría mi rostro en miseria cuando se cumpliera mi temor de no poder convocarla. Me imaginé gris, rasgando la música del silencio -aferrándome con más fuerza al vicio que ya es hábito - , sintiendo los dedos del espacio hurgando mis heridas. Insanamente. Y ahora me veo distinta a como me quise contemplar. No tengo colores, o perdí la habilidad de verlos. Estoy quieta y tranquila. Y creo haber aprendido a reemplazar lo hostigante de su lugar a mi lado con la temperatura de quien no puedo hastiarme.
Si es así, quisiera pedirle perdón a ella, a mi niña, porque no me arrepiento. Te envíe lejos a crecer sin mí. Me quedo aquí para no tenerte como excusa.

Wednesday, November 15, 2006

Mirarse

Encontrarse con los ojos desnudos y escarbar en ellos las flaquezas y las ridiculeces.
Rasguñarse el alma hasta mancharse las manos de silencios ensangrentados, hartos de dudas.
Saberse errado y convencido, inmerso y tranquilo.
Reirse de lo que se escupe en desgracia.
Desconocerse.

Saturday, November 04, 2006

Primera Vez

Primera entrada, primer intento... todavía mediando con el temor, por eso expongo tan solo la primera fase de mis divagaciones: el sonido. He aquí el trasfondo sonoro de mis últimas visitas a mi refugio.

The Last Song I'm Wasting On You

Sparkling grey
Through my own veins
Any more than a whisper
Any sudden movement of my heart
And I know, I know I'll have to watch them pass away

Just get through this day
Give up your way, you could be anything,
Give up my way, and lose myself,
not today
That's too much guilt to pay

Sickened in the sun
You dare tell me you love me
But you held me down and screamed you wanted me to die
Honey you know, you know I'd never hurt you that way
You're just so pretty in your pain
Give up my way, and I could be anything
I'll make my own way
Without your senseless hate....hate...hate.....hate

So run, run, run
And hate me, if it feels good
I can't hear your screams anymore
You lied to me
But I'm older now
And I'm not buying baby
Demanding my response
Don't bother breaking the door down
I found my way out
And you'll never hurt me again

Evanescence

 
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